Ser hipersensible: cómo se vive siendo una intensita

Ser hipersensible: cómo se vive siendo una intensita

 

A veces me da la sensación de que el concepto de persona sensible que fluye por ahí es desacertado. Ser más sensible de lo normal no implica necesariamente pasarse el día llorando o ser un bicho raro que no sabe relacionarse con nadie.

En mi caso, por ejemplo, siempre he notado que soy muy sensible a mi entorno porque vivo las cosas que me gustan con una intensidad taquicárdica, y afronto del mismo modo todo aquello que me incomoda o apena. Siempre he sido así: apasionada, exagerada como una folclórica.

Como muestra, hace dos o tres semanas fui al cine a ver la versión de Spielberg de West Side Story. Emocionada durante todo ese día, una vez sentada en la butaca, mi nivel de nerviosismo superaba incluso al del productor de la película. ¿Y si me decepcionaba? ¿Y si se me venía abajo el mito de ese peliculón? Convencida estoy de que ningún crío viendo Spiderman en la sala de al lado estaba más inquieto que yo, y eso que solo era el preámbulo de mi supercita cinematográfica.

Cuando finalizaron todos los anuncios, avisos anti-covid, la canción de Movierecord y los tráilers, dio comienzo la película. A los cinco minutos empecé a golpetear los brazos de la silla como una percusionista caribeña; a los siete, no paraba de sorber los mocos, y a los diez tuve que limpiar mis lagrimones con el dorso de mi mano. La belleza de la música y las faldas revoloteando con sus colores vivos me convertían en una niña eufórica en la mañana de Reyes. Mi Costillo me apretujó cariñosamente el brazo, porque está más que acostumbrado, pero un espectador sentado unos cuantas butacas más a la izquierda me miraba raro. A mí, plin. Jamás sentiré vergüenza por mostrarme feliz.

Hasta aquí, nada nuevo; siempre he sido muy intensa y sensible a todo. Y como tengo los cinco sentidos en maximum power, la verdad es que pocas cosas se me escapan. Soy dueña de una facilidad loca para adivinar lo que siente la gente, y en caso de que mi capacidad de observación no de más de sí, me lo invento, porque de imaginación voy bien servida también. Pongo y quito emociones ajenas que es una maravilla. Ya puede alguien poner mala cara porque el kilo de limones le ha salido carísimo, que yo rápidamente intuyo que le han diagnosticado una enfermedad rara, le han puesto una multa por estacionar en doble fila y le ha salido a pagar en la declaración de hacienda.

Obviamente, me da una rabia tremenda no saber sacarle provecho económico a mis poderes intuitivos. Yo, que de solo un vistazo puedo adivinar si has desayunado café o colacao, imaginaos lo claro que lo tendría si alguien cometiera un asesinato. Podría contratarme Scotland Yard o ser asesora de una serie de detectives para Netflix. Sin embargo, nadie me ha dado una oportunidad para lucirme y aquí sigo con mi sensibilidad a flor de piel dentro del anonimato.

Ahora bien, dejando a un lado mi habilidad para leer mentes ajenas por cortesía de mis eficientes cinco sentidos; mi parte intensa se altera especialmente en el terreno del arte.

Efectivamente, me persigue constantemente el SÍNDROME DE STENDHAL. Y lo bueno es que me sale baratísimo. Yo no necesito ir a Florencia (aunque sí lo he hecho) para acabar cegada por tanta belleza. A mí, Stendhal me persigue allá donde vaya; desde la cocina de mi casa hasta la parada del autobús. Estoy por ponerle una orden de alejamiento.

Y no exagero. Imaginémonos que estoy en mi cocina picando pimientos para hacer una vinagreta, y como siempre, acompaño el momento culinario con buena música. No hace falta ni media canción para que se me pongan los pelos de punta. Cuchillo en mano me voy hacia la ventana, apoyo mi cabeza en el cristal y pongo cara de haber presenciado una visión mariana. No sé cómo quedará la estampa vista desde la calle, pero el señor Stendhal tiene la culpa.

No voy a mentir, siendo tan delicadita se tiende a sufrir por cosas que para los demás son solo ligeros inconvenientes. Le das mil vueltas o todo y sueles vivir agobiada sin tener por qué. Y además,

ADEMÁS,

puedes ser objeto de choteo un buen rato. Parecer cursi y sentimental da para bastantes chistecitos, pero una vez te acostumbras, es como quien te da la hora. Yo no le doy excesiva importancia, todos tenemos nuestro sambenito, y si el mío es ese, podría ser peor, francamente.

Desde luego, ir por la vida adelante a puntito de la lágrima no es el sueño de mi vida, pero lo he intentado y no hay manera de conseguir cambios radicales. Me he esforzado, sin embargo, en minimizar muchas cosas que antiguamente me amargaban la existencia, y eso, para mí, es un exitazo. Aviso: nada viene solo y hay que practicarlo mucho, pero cuando notas algunos avances… ¡Yihaaa! ¡Estoy que lo peto! ¡Hoy solo voy a pensar en la enfermedad de fulanito trescientas veces! ¡Antes podría ser el doble! ¡Bien por mí!

Esta costumbre de preocuparse por citranita y fulanito más de lo aconsejable puede acabar en dos situaciones: que parezcas una psicópata o que suelas estar triste o deprimida. O las dos cosas a la vez. En cualquier caso: chungo, muy chungo.

Por eso yo prefiero sacarle partido a la parte vistosa, estratosféricamente vital y genial de ser una personita sensiblona: vivir lo bonito a tope.

Así que disfruta de lo bueno más que nadie. Y si pareces tonta en medio de tu énfasis, que hablen. Seguro que lo harán por envidia.

 

2 comentarios

  1. ¿Y cuando te ven “rarito” porque se te escapan los lagrimones en lo alto del Partenón, sintiendo siglos de Historia, pero cuando marca tu equipo de fútbol y lloras como si te hubiera tocado El Gordo es lo más normal del mundo? Todos somos intensos, pero con diferentes cosas…. Y luego está Mala, nivel Dios.

    1. Author

      Efectivamente, mi querida Marta. Nosotras cambiamos el gol ganador del último minuto por un edificio de proporciones áureas destinado al culto de la diosa Atenea. Semos así de cultas.
      Yo te confieso que a veces preferiría fliparlo con un gol de mi equipo, seguro que compartes tu alegría con más gente. Pero entonces ya no seríamos tan exclusivas. jajajaj
      Besote grande, y gracias por tus comentario tan bonito.

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