Grandes esperanzas, ese novelón de Charles Dickens, es el libro que debería ocupar los revisteros de todos los salones de peluquería del mundo. Adiós a las revistas de cotilleo y a las publicaciones de moda. A partir de ahora mismo, sobre las mesitas de toda peluquería que se precie, ha de lucirse esta obra en todas sus versiones: en su lengua original para los más avispados, traducida al castellano para el lector medio o adaptada en forma y contenido para los más pequeñajos o, en su defecto, para la clientela masculina. En todo caso, es una opción fantástica de lectura mientras esperas a que seLEER MÁS

Venía yo de leer un tochazo, y dado que la belleza también está en la variedad, decidí acudir a mi madre, esa lectora voraz, en busca de un préstamo en forma de libro sin pretensión alguna más allá que la de leer unas paginillas antes de conciliar el sueño. Lo malo es que pedirle a mi madre que me recomiende algo de lectura es como caer en unas arenas movedizas de las que no saldrás nunca: “Pero… ¿policíaco estilo escandinavo o más bien novela negra americana? Ah…que lo mismo prefieres algo en plan espionaje de John Le Carré, o si quieres también tengo el últimoLEER MÁS

Ahora que estamos saturados de campañas políticas, mitings, carteles pegados en muros y sobres que empachan el buzón de casa; y venga promesas, y venga debates, y venga atriles y besos a bebés como si fueran vírgenes sanadoras, y apretones de manos más falsos que una peseta veo, sobre todo, MUCHO UNIFORME. Qué pereza. Pensé que habíamos mejorado algo al respecto, pero me temo que no; básicamente porque yo también sufro en mis carnes el síndrome del uniforme. Yo y todo el mundo, que en eso y en casi todo lo demás tampoco soy nada especial. Centrémonos entonces. Resulta que en este país siempre haLEER MÁS

La semana pasada, en nuestro acogedor y siempre hospitalario hogar, tuvo lugar una escena que supuso el colmo de los colmos; el súmmum de una situación que necesitaba ser aclarada de una vez por todas. Uno de esos días, en plena sesión de terapia con el Dr. C., y por pura casualidad, se mencionó el título de una obra cumbre en el mundo de la literatura: Fausto. Lástima que yo, muy a mi pesar, imperdonablemente reconocí que no sabía quién era el autor. Podría decir varios nombres al azar para disimular el bochorno, pero de igual manera seguíría sin saberlo y a una le daLEER MÁS

En la gloriosa inmensidad del firmamento, allí donde habitan los dioses que reparten el don de la concisión, se celebró un animado debate en el que decidieron de manera unánime despojarme de la bendición de la brevedad. Y es cierto. Jamás he sido parca en palabras. Desde mi más tierna infancia, cuando la profe nos mandaba hacer los ejercicios en clase, yo me dedicaba a cotorrear con el de al lado; con el de delante también y con las dos del otro lado. Luego, cuando llegaban las notas, en el apartado de “observaciones”, curso tras curso siempre aparecía un “HABLA MUCHO EN CLASE” . ¡Ja,LEER MÁS

Estos días tengo un disgusto que nada me lo puede quitar. Ni más ni menos que mi Grundig, esa minicadena que me regaló mi abuela en el año ’92, está llegando a su fin y, aunque parezca exagerado, mi pena es superlativa. Me la compró justo cuando yo no daba abasto con mis playbacks delante del espejo, y me moría por comprarme cedés y por hacer mis casetes megamix gracias a la doble pletina, pero en mi casa no había un duro. Así que un día me dio una sorpresa descomunal. Pagada a plazos, como se hicieron siempre las cosas en mi casa, la minicadenaLEER MÁS

No dudo que haya gente que muera por sus ideales. Y los envidio, porque yo, por mucho que quisiera ir del Che Guevara, me declaro incongruente en grado máximo. No es fácil admitirlo, no; sobre todo porque una se mueve por el mundo como si fuese una romántica decimonónica. Voy doblando las esquinas creyéndome Espronceda, que con sus diez cañones por banda surcaba los mares como le daba la real gana, defendiendo a muerte su libre albedrío y condenando a los opresores. Sin embargo, mi esproncedismo no da la talla. Me quedo simplemente en una copia de mala imitación, una pensadora del palo, comprada enLEER MÁS

Yo, de naturaleza siempre generosa y desprendida, tomo estas líneas para aconsejaros que optéis por obviar los debates políticos en televisión y la campaña electoral en general. Seguir con atención todas las noticias relacionadas con este tema sería un acto fútil, vacío y sin trascendencia alguna; un tiempo perdido imposible de reponer. Y, apelando a ese carpe diem recitado desde Góngora hasta Constantino Romero, para quienes “El tiempo es oro”, me niego a que mi apreciada masa lectora desperdicie sus dorados minutos escuchando discursos que quedarán olvidados en los más profundos de los abismos políticos. Todo ello se debe a que estos señores han llegadoLEER MÁS

Madre del amor hermoso, esto ya empieza a alarmarme. Oye, que de vez en cuando tiene su gracia ser olvidadiza y despistada; como por ejemplo que se te caiga del neceser la compresa plegada en pleno mostrador de un bar, justo cuando estabas buscando en el bolso esa calderilla suelta que tintineaba cada vez que dabas un paso. Encima, con los colores discretos que tienen esos paquetitos, ¿verdad? Combinan fetén con la superficie de mármol blanco. Así que de repente, -PLOC-, un sobrecito de plástico amarilllo o verde lima fosforinchi, decorado también con pintitas color fucsia mezcladas con lunares naranja flúor. Como veis, colores muyLEER MÁS

Siempre me ha gustado realizar sondeos sobre quién se lleva la peor parte en cuestión de hermanos. Me encantaría admitir que el resultado de dichas encuestas ha reforzado mi teoría, porque convencida estoy de que ser la mayor es un rollo de descomunal magnitud; pero no ha sido así. La conclusión del estudio es que CADA UNO SE QUEJA DEL PUESTO QUE LE HA TOCADO. De manera que el pequeño se queja de cargar con las culpas de todo, el del medio porque pasa inadvertido y el mayor porque ha de ser responsable. Pero atención, damas y caballeros; desde mi posición de hermana mayor, yoLEER MÁS