
Yo pensaba que mi Dr. C. gozaba ya de virtudes suficientes simplemente escuchando mis monólogos majaderos e interminables con su habitual buena compostura, lo cual no está al alcance de todos.
En ocasiones me pregunto en qué estará pensando de verdad, porque su gesto de hombre con templanza y paciencia no te deja adivinar qué está pasando por su cabeza. Puede que esté en un viaje astral, ejercicio que haría yo divinamente si llevara desde las 8 de la mañana ocupándome de problemas ajenos, o puede también que esté pensando en asesinarme, cosa que me parece fenomenal, razones tiene de sobra y mira qué bien lo disimula.
Pero si aun no tuviera bastante con el complicado arte del disimulo, resulta que ES UN GRAN NARRADOR DE HISTORIAS.
En una de nuestras últimas sesiones, me habló de cómo saber parar a tiempo cuando me encuentro en una de esas situaciones, muy habituales en mí, de sentirme sobrepasada de preocupaciones y de problemas. Puede que no se trate de la angustia de cómo hacer llegar comida a un campo de refugiados, que también la podemos sumar, pero sí que es cierto que te pones un pesito aquí, otro pesito allá, y sin deshacerte del anterior, le sumas más lastre con esto, con aquello, y con lo de más allá, y cuando te das cuenta tienes la espalda más doblada que un Australopithecus.
Así que, partiendo de la idea de que a veces por equis cuestiones no puedes desprenderte de tal o cual responsabilidad, sí que es posible detenerte un poquillo antes de que explotes como una burbujilla de esas de plástico que hacen ¡plok!
Para ello me habló de una obra de Haruki Murakami: De qué hablo cuando hablo de correr, título que yo desconocía totalmente porque solo había leído su ficción. [Postureo cultureta Y VERDADERO]. Pues resulta que es un ensayito en el que cuenta su pasión por correr, desde los motivos que lo llevaron a iniciarse en esta actividad, hasta consejos para todo aquel que esté ya en ello o lo tenga como proyecto.
Bien, pues según Murakami, la clave de que se haya convertido en un corredor habitual y apasionado es saber dosificarse y no saturarse demasiado, ya que puede que eso solo te aporte hastío y desgana. De modo que el truco es parar justo antes de sentir agotamiento, detenerse sin estar especialmente cansado, para que al día siguiente puedas retomarlo con ánimo sin haber llegado a explosionar la maquinaria ni haberla puesto al límite.
Lo complicado ahora es llevarlo a la práctica en nuestros quehaceres cotidianos: cómo aminorar el ritmo cuando tu jefe te espía como el inspector Clouseau, cómo aflojar la preocupación cuando tu bebé está pachucho, cómo decir que no a una amiga que te necesita, a una madre que está mayor, o cómo dedicarte a todo esto junto sin que te dé un infarto de miocardio.
¡Ha llegado entonces el momento de marcarse un Murakami, queridas y queridos! Detente a tiempo. Necesitas dos reglas básicas:
– Miente: Tienes un compromiso social. Sabes que sin ti eso va a ser un velorio, es lo que tiene tu magnetismo, que te reclaman constantemente. No todo es bonito en esto de ser fabulosa, y encima llevas una semana horribilis. Menos tocarte la lotería te han tocado de todo, desde el culo en el autobús, hasta la moral en tu puesto de trabajo. Prefieres quedarte en casa, así que miente como si no hubiera un mañana. Es la dosificación murakaniana. No puedes ir a esa cena porque estás dibujando postales para Unicef, y tú, como Gloria Fuertes: “Es pa los niñooss”. Arreglado.
– Aminora: No puedes. A las 6:15 te levantas, a las 7.20 coges el autobús, haces enlace con otro y luego vas corriendo para entrar a tiempo. No te puedes tomar el café de las 11 y lo de mear lo dejas para más tarde. La vejiga te estalla y te va a dar un síncope, porque vas fatal de tiempo y luego recoges a tu abuelo en la residencia, pero antes pasas por la guarde, pero ha habido un problema porque tu niña ha pegado a otra…..STOP.
Stop amigo; stop, amiga. ¡Pero no se puede! Sí, se puede un poquito. Ese día, te puedes permitir el lujo de ir a mear. La vejiga es un hermoso órgano y merece un respeto. Mea con gusto. Y mientras meas, respiras, y vuelves a tu puesto caminando con paso elegante en vez de imitando la caída en picado del halcón peregrino. Total, si te odian no te van a odiar más por eso. Y si te aman, lo mismo.
Al día siguiente, además de atender a tu función renal, réstale algo de tiempo a un deber de esos que tú consideres que sin ti no funcionan.
Ponlo a prueba marcándote un Murakami y puede que veas que nadie te necesita tanto como tú te crees.
